REGINA RORYS ORA PRO NOBYS - NON NOBIS DOMINE SED NOMINI TUO DA GLORIAM - STAT CRUZ DUM VOLVITUR ORBIS - CRUX SANCTI ATRIS BENEDICTI - CRUX SACRA SIT MIHI MUX - NON DRACO SIT MIHI DUX - PAX

 


Mes dedicado a María Santísima del Rocío: Purísima e Inmaculada Madre de Dios, Madre Nuestra; Auxiliadora de los cristianos consuelo de los afligidos Blanca Paloma. ¡OH María sin pecado concebida ruega por nosotros que recurrimos a ti!  REGINA RORYS, ORA PRO NOBIS


 
 

 

 

 

VIERNES 29 DE MAYO

 
Tercer domingo del mes de mayo, VII Domingo de Pascua
 
 
 
 

ADVOCACIÓN MARIANA:

Nuestra Señora de Regla

 
 

 

ORACIÓN

¡Oh Santísima y dulcísima Virgen María!, Madre de Dios, Reina de las misericordias y abismo de piedad.Nuestra Señora de Regla, Madre nuestra, acudo a ti con humildad en este día para pedir tu materna protección. Tú que recibes bajo tu amparo a todos los afligidos que te invocan, te suplico que extiendas tu manto sagrado sobre mí y sobre mi familia.
Alcánzame de tu Divino Hijo el perdón de mis pecados, la gracia que hoy imploro con fe, y la fortaleza necesaria para superar todas las pruebas y peligros de este mundo. Guíame siempre por el camino de la rectitud y la virtud.Amén.

     Desde el siglo IV, cuando San Agustín recibió la inspiración de tallar una imagen oscura de la Virgen en su oratorio, hasta ser hallada siglos después en una cueva de Chipiona y convertirse en patrona de marineros, Nuestra Señora de Regla ha sido un símbolo de protección, arraigo y devoción popular. Su historia ha cruzado mares, llevándola desde África hasta España, Filipinas, Cuba y más allá, siempre como la Virgen morena del pueblo y de los mares.

 
     Hay imágenes que nacen en la tierra, y otras que parecen nacidas del cielo. La Virgen de Regla es una de ellas. Su historia se remonta a los primeros siglos del cristianismo, cuando, según la tradición, San Agustín de Hipona —Padre de la Iglesia— recibió en oración la inspiración de tallar una imagen de la Virgen María, morena, serena, con el Niño en brazos. La llamó “de la Regla”, por las normas de vida espiritual que él mismo estaba estructurando en su comunidad religiosa. Pero los tiempos eran convulsos. Cuando los vándalos invadieron el norte de África, los discípulos de Agustín, para proteger la imagen, la llevaron al otro lado del mar, a las costas de Hispania. Allí, en Chipiona, Cádiz, la escondieron en una cueva junto a una higuera, temiendo que fuera profanada durante la invasión musulmana. Y así, la imagen desapareció… pero no su presencia.
 
      Pasaron siglos. Y un día, en el siglo XIII, un humilde religioso recibió en sueños el encargo de excavar en un lugar preciso: junto al pozo de la higuera. Allí, cubierta de tierra y silencio, apareció la imagen intacta. La noticia se extendió con fervor. Se levantó una ermita frente al mar, donde pronto comenzaron a acudir marineros que la invocaban como su protectora. Ella, desde entonces, fue Madre de los navegantes, de los que partían y de los que regresaban, de quienes se encomendaban a su amparo cuando el mar se volvía tempestad. La Virgen de Regla fue coronada canónicamente, y cada 8 de septiembre, Chipiona se viste de fiesta, de fe, de promesas cumplidas. Pero su historia no quedó allí. Con los siglos, la devoción a la Virgen morena cruzó continentes, llevada por frailes agustinos a tierras como Cuba, donde pronto fue reconocida como patrona de la Bahía de La Habana. El pueblo la acogió con ternura, y en un hermoso sincretismo, también fue identificada con Yemayá, diosa del mar en la santería, símbolo de vida, fecundidad y consuelo. No fue contradicción, sino puente entre culturas: una señal de que María, como toda madre, sabe hablar el idioma del pueblo.
 
     En Filipinas, la Virgen llegó en 1735, y desde su santuario en Lapu-Lapu (Cebú), su devoción se ha expandido entre pescadores, familias humildes y comunidades religiosas. Fue coronada en 1954, y su imagen sigue siendo centro de peregrinación y fervor popular. Su tez oscura, su mirada dulce y firme, su manto azul profundo y la forma en que sostiene al Niño como ofreciendo al Salvador al mundo, hacen de ella una madre cercana, protectora y poderosa. No es una reina lejana. Es la Virgen que conoce las tormentas del alma, que escucha el llanto del marinero, que acompaña a los que están lejos del hogar, que sostiene en silencio a quienes claman desde lo profundo del corazón.
 
     Hoy, la Virgen de Regla es más que una imagen: es una presencia. Su historia no se mide en fechas, sino en milagros cotidianos. En mujeres que oran por sus hijos, en jóvenes que buscan su vocación, en marinos que regresan con vida, en pueblos enteros que —a pesar de todo— siguen creyendo. Y es que la Virgen de Regla no necesita imponerse. Su regla es la del amor fiel, la del cuidado silencioso, la del consuelo que no falla. Es la Virgen morena que camina con los pueblos que luchan, que bendice las aguas, que guarda los sueños de quienes se encomiendan a su amparo.
 
    La devoción a Nuestra Señora de Regla es una de las más antiguas y queridas del mundo hispano. Nacida de una tradición que remonta a San Agustín y fortalecida por siglos de historia, esta Virgen morena ha sabido mantenerse viva no por imposición, sino por amor. Amor de marineros que la invocan antes de zarpar. Amor de madres que le confían a sus hijos. Amor de pueblos enteros que han aprendido a verla como Madre fiel.En Chipiona, Cádiz, donde su imagen fue hallada milagrosamente, su santuario se ha convertido en refugio espiritual para quienes buscan consuelo. Allí, cada 8 de septiembre, miles de peregrinos llegan a rendirle homenaje. Muchos lo hacen descalzos, con promesas en el corazón, sabiendo que no caminan solos.
 
     Pero la devoción no se detuvo en España. En Cuba, la Virgen de Regla fue acogida como patrona de la Bahía de La Habana, y su imagen reposa junto al mar, acompañando con dulzura la religiosidad de quienes cruzan la ciudad entre lo católico y lo popular. En un hermoso sincretismo cultural, fue identificada también con Yemayá, la madre de las aguas en la santería. Y así, lejos de dividir, su figura unificó corazones que buscaban la misma protección materna. En Filipinas, la Virgen llegó con los misioneros agustinos y se convirtió en pilar espiritual de la región de Cebú. Allí fue coronada canónicamente y cada año recibe tributo de los pescadores, las familias y los religiosos que reconocen en ella la presencia discreta de la gracia de Dios.
 
      La devoción a Nuestra Señora de Regla no necesita grandezas. Vive en los altares humildes, en las medallas gastadas por el uso, en los rosarios rezados con lágrimas, en los barcos donde su imagen es colocada con fe sencilla. Es una devoción que abraza lo popular y lo profundo, lo cultural y lo místico, lo visible y lo secreto. Y lo más hermoso es que, allá donde ha llegado, nunca ha dejado de ser “la Virgen del pueblo”. Cercana, morena, silenciosa. No es una imagen distante, sino una madre que conoce el dolor, que camina con los humildes, que escucha las súplicas más calladas. Por eso se le canta, se le reza, se le vuelve cada vez que el alma tiembla. Hoy, en un mundo donde tantas devociones se diluyen, la Virgen de Regla sigue en pie, como un faro en la noche, como un abrazo que no abandona, como una regla invisible que guía sin imponer. Ella no exige, acompaña. No impone, consuela. No manda, ama.
   
 

 

 
 

SANTO DEL DIA:
San Pablo VI, Papa

 
 

 

San Pablo VI

     Juan Bautista Montini nació en Concesio, una pequeña ciudad de la zona de Brescia, el 26 de septiembre de 1897 en el seno de una familia católica muy comprometida política y socialmente. En otoño de 1916 entró en el seminario de Brescia y cuatro años más tarde recibió la ordenación sacerdotal en la catedral, y luego se trasladó a Roma para seguir los cursos de filosofía de la Pontificia Universidad Gregoriana y los de la Universidad Estatal, graduándose en derecho canónico en 1922 y en derecho civil en 1924.

 

     En 1923 recibió su primer encargo de la Secretaría de Estado del Vaticano, que lo asignó a la Nunciatura Apostólica de Varsovia; al año siguiente fue nombrado Ayudante de secretaría. En ese período participó estrechamente en las actividades de los universitarios católicos organizadas en la FUCI (Federación universitaria católica italiana), de la que fue asistente eclesiástico nacional de 1925 a 1933. Colaborador cercano del cardenal Eugenio Pacelli, permaneció a su lado aún después de que fue elegido Papa en 1939 y tomó el nombre de Pío XII: fue Montini, de hecho, quien preparó el borrador del extremo pero inútil llamamiento en favor de la paz que el Papa Pacelli lanzó en la radio el 24 de agosto de 1939, en vísperas del conflicto mundial: "¡Nada se pierde con la paz! Todo puede perderse con la guerra!". En 1954, inesperadamente, Montini se convirtió en arzobispo de Milán. Allí se manifestó el verdadero pastor que estaba en él: una atención especial le dedica a los problemas del mundo del trabajo, de la inmigración y de los suburbios, donde promueve la construcción de más de un centenar de nuevas iglesias y donde se realiza la "Misión de Milán", en busca de los "hermanos alejados". Fue el primero en recibir la púrpura de Juan XXIII, el 15 de diciembre de 1958, y participó en el Concilio Vaticano II, donde apoyó abiertamente la línea reformista. Cuando Roncalli murió, el 21 de junio de 1963, fue elegido Papa y escogió el nombre de Pablo, con una clara referencia al apóstol evangelizador.

 

     Uno de los objetivos fundamentales de Pablo VI era subrayar en todos los sentidos la continuidad con su predecesor: por esta razón reanudó el Vaticano II, dirigiendo los trabajos del Concilio con una delicadísima mediación, favoreciendo y moderando la mayoría reformadora, hasta la conclusión el 8 de diciembre de 1965. Dio grandes pasos ecuménicos cuando logró la revocación mutua de las excomunicaciones entre Roma y Constantinopla en 1054. Consecuente con su inteligente inspiración reformista, llevó a cabo una profunda modificaciónde las antiguas estructuras del gobierno central de la Iglesia, creando nuevos organismos de diálogo con los no cristianos y los no creyentes, estableciendo el Sínodo de los Obispos y llevando a cabo la reforma del Santo Oficio. Comprometido con la no fácil tarea de implementar y aplicar las indicaciones que surgieron del Vaticano II, también imprimió una aceleración en el diálogo ecuménico a través de reuniones e iniciativas relevantes. El impulso renovador dentro del gobierno de la Iglesia se tradujo en la reforma de la Curia en 1967.

 

     Su deseo de diálogo dentro de la Iglesia, con las diferentes confesiones y religiones y con el mundo está en el centro de la primera encíclica Ecclesiam suam de 1964, seguida de otras seis: entre ellas se encuentran la Populorum progressio de 1967 sobre el desarrollo de los pueblos, que tuvo una resonancia muy amplia, y la Humanae vitae de 1968, dedicada a la cuestión de los métodos para el control de la natalidad, que suscitó muchas controversias incluso en muchos círculos católicos. Otros documentos significativos del pontificado son la carta apostólica Octogesima adveniens de 1971 sobre el pluralismo del compromiso político y social de los católicos, y la genial exhortación apostólica Evangelii nuntiandi de 1975 sobre la evangelización del mundo contemporáneo.

 

     Las innovaciones de Pablo VI no fueron orientadas solo al interno de Vaticano. Fue el primer Papa que introdujo la costumbre de viajar desde su elección: de hecho, los tres primeros de los nueve viajes que en el curso de su pontificado le llevaron a los cinco continentes se remontan al período conciliar: en 1964 fue a Tierra Santa y luego a la India, y en 1965 a Nueva York, donde pronunció un histórico discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Diez, en cambio, fueron sus visitas a Italia. También su apertura al diálogo con todo el mundo se hizo patente cuando amplió la representación del Colegio Cardenalicio a un nivel más universal, nombrando muchos nuevos cardenales no italianos, y por la centralidad del papel de la política internacional de la Santa Sede en favor de la paz, al punto de establecer una especial Jornada Mundial de la paz que se celebra desde 1968 el 1° de enero de cada año.

 

       La fase final de su pontificado estuvo marcada dramáticamente por el secuestro y asesinato de su amigo Aldo Moro. En abril de 1978 hizo un llamado muy intenso a los hombres de las Brigadas Rojas para pedir su liberación, pero no fue escuchado. Murió en la tarde del 6 de agosto del mismo año, fiesta de la Transfiguración, en la residencia de Castel Gandolfo, casi repentinamente, y fue sepultado en la Basílica Vaticana. Fue declarado Beato el 19 de octubre de 2014 por el Papa Francisco, quien lo canonizó en la Plaza de San Pedro el 14 de octubre de 2018 (junto a Mons. Arnulfo Romero).

ORACIÓN

Señor, yo creo; quiero creer en ti.
Oh, Señor, que mi fe sea plena.
Oh Señor, deja que mi fe sea libre.
Oh, Señor, que mi fe sea cierta.
Oh Señor, que mi fe sea fuerte.
Oh Señor, que mi fe sea alegre.
Oh Señor, que mi fe sea laboriosa.
Oh Señor, que mi fe sea humilde.
Amén